Hay dos cosas que siempre me han llamado poderosamente la atención de la vida de algunos grandes músicos (sean estos interpretes, compositores o ambas cosas):en algunos la disociación que muchas veces se produjo entre la profundidad espiritual o emocional del contenido de su arte y el desenfreno al cual se entregaron en muchos ámbitos de su vida personal;y en otros la estrecha relación entre su vida, su obra y su fe.
Por ejemplo Mozart, a quien el gran violinista Ruggero Ricci apodaba “el secretario de Dios”. Su creatividad fluía sin cesar desde muy temprana edad, produciendo composiciones cada vez más geniales, mientras que en su vida privada era mujeriego y amante de las fiestas y el juego. Schubert, quien tuvo la gracia de componer uno de los cantosmás bellos escritos a la Virgen María, era un habitué de las tabernas y precursor de las famosas “schubertiadas”, reuniones musicales y literarias que terminaban en descomunales orgias de sexo y alcohol. El temperamental Beethoven, capaz de destruir cuanto hubiera a su alrededor arrastrado por la ira. La locura de Schumann, quien termino sus días en un instituto psiquiátrico sumido en una profunda depresión, luego de intentar suicidarse arrojándose a las aguas del Rin, repitiendo sin cesar que escuchaba “voces”. Musorgski y su adicción al alcohol, Paganini caminando en la cornisa de los excesos y haciendo cantar a su violín como un ángel…
Situados en la otra cara de la moneda encontramos a un Vivaldi sacerdote (aunque luego abandonó los hábitos), dedicado a la enseñanza de música a niños y niñas huérfanos, como así también a enfermos, en el Ospitale de la Pieta. El monumental Bach, cuyas composiciones nos remiten a una muy profunda espiritualidad, quien muchas veces no firmaba sus obras por humildad; o Anton Bruckner, de hondo y firme espíritu religioso, quien dedicó todas sus energías a intentar hacer de cada una de sus composiciones un acto de fe, por lo cual muchas veces estas era encabezadas por la leyenda “Todo a mayor gloria de Dios”. Y como no nombrar al maravilloso Liszt, quien después de una magnifica y exitosa carrera como concertista y compositor siguió el llamado de su vocación religiosa, la cual se remonta a los últimos años de su adolescencia, cuando sufrió una serie de crisis místicas, todo esto desembocando en su ordenación como terciario franciscano en 1857.
Me gustaría ahora reflexionar sobre la relación de los aspectos que reza el título.
Creo que lo genial y lo sublime se manifiestan por obra de Dios, algunas veces a través nuestro, no solo en el terreno del arte, sino en la vida en general. En cuanto a la parte que nos toca como seres humanos, creo que muchas veces no somos conscientes de esta presencia o peor aún, no la queremos ver ni aceptar.
Seguramente los grandes genios de la historia han sido personas que se han sentido muy solas, aún estando rodeados de fama yéxito, siendo portadores de un don que muchas veces es demasiado grande para la mente de los mortales. Es precisamente en el momento en que se toma conciencia de esto último donde se divide el camino: algunos tratan de evadir esta nostalgia de lo Divino yendo totalmente a contramano a través del camino de la locura, el descontrol y los excesos; y otros han tratado de tender un puente entre ellos y Dios a través de su fe, mas allá de lo dogmatico, con sus obras,no solo como artistas sino también como seres humanos, cada día de sus vidas.
Esta encrucijada no es solo propia de los músicos y artistas, sino que habita en el ser humano desde tiempos inmemoriales, por lo cual en algún momento todos nos vemos expuestos a elegir qué camino tomar…
Deseo que en estas fiestas veamos nacer al genio que hay en todos y cada uno de nosotros, alimentándolo y haciéndolo crecer con una dosis de sana locura y verdadera espiritualidad.
¡Les deseo un excelente 2012 para todos!
Diego Humberto Mantuani
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